A lo largo de la historia, las mujeres han tenido que luchar por su desarrollo personal y superación en el mundo del deporte, para poder obtener el derecho a participar en diferentes pruebas deportivas y hasta en los Juegos Olímpicos.  Su incorporación en determinadas disciplinas deportivas ha estado durante décadas limitada por prejuicios sociales y culturales y por creencias acerca de una supuesta fragilidad femenina que hoy sabemos que carecían de fundamento científico.

El camino hasta alcanzar la presencia actual de la mujer en el deporte y en los Juegos Olímpicos ha sido largo y tedioso. Un ejemplo de ello es la maratón femenina, que no se incorporó al programa olímpico hasta los Juegos de Los Ángeles de 1984. Estando prohibida la participación de la mujer en estas carreras hasta otoño de 1971. Un periplo similar al ocurrido al tiro olímpico femenino, que al principio las mujeres tenían que competir con los hombres en las mismas categorías.

Actualmente la obligatoriedad de igualdad entre mujeres y hombres en el deporte se ha convertido en uno de los objetivos fundamentales del movimiento olímpico desde los Juegos Olímpicos de Londres. Donde ya es obligatorio que para participar los equipos olímpicos de los países tengan presencia femenina al menos en alguna disciplina deportiva.

Cuando la medicina también estaba condicionada por los prejuicios

Muchas de las restricciones históricas impuestas a las deportistas se sustentaban en la idea de que la actividad física intensa podía perjudicar la salud de las mujeres y, especialmente, comprometer su capacidad reproductiva.

Durante décadas, factores sociales, culturales, políticos e incluso religiosos se mezclaron con interpretaciones médicas insuficientemente respaldadas por la evidencia científica.

Si analizamos cómo practicaban deporte las mujeres hace tan solo 30, 40 o 50 años, encontramos numerosos ejemplos de creencias que posteriormente han sido revisadas o desmentidas con la investigación.

Tradicionalmente, por ejemplo, se asumía que las diferencias anatómicas y fisiológicas entre hombres y mujeres determinaban de forma prácticamente absoluta sus capacidades deportivas: los hombres parecían estar destinados a los deportes de fuerza y potencia, mientras que las mujeres eran consideradas más apropiadas para aquellas disciplinas relacionadas con la flexibilidad o la expresión corporal.

Hoy sabemos que la realidad es mucho más compleja. Existen diferencias fisiológicas relacionadas con el sexo que pueden influir en el rendimiento, pero estas no pueden interpretarse aisladamente ni utilizarse para establecer qué deportes son o no adecuados para una mujer.

Actualmente, las mujeres compiten al máximo nivel en disciplinas que durante décadas fueron consideradas impropias para ellas: halterofilia, deportes de combate, fútbol, rugby, maratón, ultradistancia o pruebas de resistencia extrema.

Las características fisiológicas de la mujer que practica deporte

La fisiología femenina presenta unas peculiaridades especialmente interesantes para las actividades de larga duración. Así en determinadas condiciones, las mujeres pueden mostrar ventajas metabólicas y una elevada resistencia a la fatiga, aspectos que han despertado un creciente interés en pruebas como la maratón, el ultraciclismo, los ultramaratones o la natación de larga distancia.

Investigaciones publicadas no hace años sobre las diferencias en la respuesta respiratoria y la saturación de oxígeno durante el ejercicio observaron determinadas diferencias entre mujeres y hombres. Algunos trabajos las atribuían con posibles limitaciones anatómicas del sistema respiratorio femenino.

Sin embargo, cuando se tienen en cuenta factores como el tamaño corporal, la masa muscular implicada, la capacidad aeróbica y otras características fisiológicas, algunas de estas diferencias se reducen o adquieren una interpretación diferente. Este es un magnífico ejemplo de por qué la investigación en deporte debe incorporar adecuadamente la perspectiva de sexo y género. La ciencia tampoco es completamente ajena al contexto cultural en el que se desarrolla.

Menstruación y deporte: de considerar la amenorrea un problema ginecológico aislado a comprender el RED-S

La evidencia y, sobre todo, las propias deportistas han ido desmontando muchos de aquellos antiguos mitos. Un ejemplo especialmente relevante es la relación entre ejercicio y menstruación.

Hace varias décadas era relativamente frecuente observar que algunas deportistas sometidas a elevados volúmenes de entrenamiento presentaban alteraciones menstruales, retrasos en la aparición de la menstruación o incluso amenorrea de tipo secundaria (cuando se tenía unas reglas regulares y estas dejan de aparecer).

Durante años, estas alteraciones se interpretaron principalmente como una consecuencia negativa directa del ejercicio y existía una gran preocupación por sus posibles repercusiones sobre la fertilidad futura. Hoy nuestra interpretación es muy diferente.

El concepto de Relative Energy Deficiency in Sport (RED-S), o déficit energético relativo en el deporte, nos permite comprender que el problema fundamental no es necesariamente hacer mucho ejercicio, sino disponer de una cantidad insuficiente de energía para cubrir simultáneamente las exigencias del entrenamiento y las funciones fisiológicas del organismo.

Cuando existe una baja disponibilidad energética mantenida pueden alterarse diferentes sistemas: función menstrual, salud ósea, metabolismo, sistema inmunitario, función cardiovascular y rendimiento deportivo, entre otros.En las mujeres, una de sus manifestaciones puede ser la alteración del ciclo menstrual o la amenorrea.

Por tanto, perder la menstruación no debe considerarse una consecuencia normal de estar muy entrenada. Es una señal que requiere valoración médica, nutricional y deportiva.

Cuando se corrige el déficit energético y se recupera una disponibilidad energética adecuada, la función menstrual suele normalizarse. Este cambio conceptual ha sido fundamental: hemos pasado de culpabilizar al deporte a estudiar correctamente las condiciones en las que este deporte se practica.

Embarazo: de recomendar reposo a prescribir ejercicio

Probablemente uno de los cambios más llamativos se ha producido en relación con la indicación de realizar ejercicio durante el embarazo. Hace 40 o 50 años, las recomendaciones médicas en materia del deporte para una mujer embarazada se limitaban a caminar tranquilamente para evitar la hinchazón de las piernas, realizar algunos ejercicios preparatorios para el parto y, como mucho, practicar un poco de natación suave.

Hoy sabemos que, en ausencia de contraindicaciones obstétricas o médicas, el ejercicio durante el embarazo no solo es seguro, sino recomendable. La investigación ha demostrado numerosos beneficios del ejercicio físico durante la gestación: ayuda a mantener la capacidad cardiovascular y muscular, contribuye al control adecuado del peso, mejora el bienestar psicológico y puede reducir el riesgo de determinadas complicaciones del embarazo.

En España, investigadores como el profesor Rubén Barakat y su grupo han desarrollado durante años una importante línea de investigación sobre ejercicio y embarazo, mostrando beneficios sobre diferentes resultados maternos y fetales, incluidos algunos trastornos hipertensivos asociados a la gestación.

Inclusive ha cambiado profundamente nuestra visión del entrenamiento de fuerza durante el embarazo. Actualmente, en mujeres sin contraindicaciones, el trabajo de fuerza puede y debe formar parte de un programa de ejercicio durante el embarazo, adaptando las cargas, el volumen, la intensidad y los ejercicios a cada etapa de la gestación.

Esto no significa, naturalmente, que todos los deportes sean adecuados. Deben valorarse especialmente aquellas actividades que impliquen riesgo elevado de traumatismos, contacto físico, caídas o determinadas condiciones ambientales extremas.

La diferencia fundamental es que el embarazo ya no se considera una situación incompatible con el ejercicio, sino una etapa en la que el ejercicio correctamente prescrito puede convertirse en una herramienta de salud tanto para la madre como para el bebé.

El gran olvidado: ejercicio durante el posparto

El puerperio y el periodo posparto continúan siendo, una de las etapas en las que todavía existe un importante desconocimiento sobre cuándo, cómo y con qué intensidad debe retomarse el ejercicio. Con demasiada frecuencia las mujeres reciben de sus ginecólogos y matronas recomendaciones poco concretas: “empieza poco a poco”, “espera unas semanas” o simplemente “cuando te encuentres bien”.

Sin embargo, la prescripción de ejercicio durante el puerperio debe ser mucho más individualizada. La evidencia científica señala que la actividad física durante el periodo posparto puede contribuir a mejorar la condición física, el bienestar psicológico y la calidad de vida, además de desempeñar un papel relevante en la prevención y mejora de los síntomas depresivos posparto.

La recuperación del suelo pélvico y de la musculatura abdominal requieren una prescripción deportiva específica. No debería tratarse simplemente de “volver a hacer deporte”, sino de recuperar progresivamente la función del organismo después del embarazo y del parto.

El ejercicio debe adaptarse a cada mujer, al tipo de parto, a la existencia o no de complicaciones, al estado del suelo pélvico, a la presencia de diástasis abdominal y a su situación física previa.

Menopausia: hacer ejercicio para invertir en los años futuros

La menopausia constituye otro magnífico ejemplo del cambio experimentado en nuestra forma de entender la salud femenina. Hace varias décadas, la llegada de la menopausia se contemplaba fundamentalmente como el final de la etapa reproductiva y casi el final de la vida interesante para una mujer. La prevención mediante ejercicio físico ocupaba un lugar mucho menos relevante que en la actualidad. Hoy sabemos que esta etapa representa precisamente un momento crucial para incorporar o reforzar hábitos de vida saludables.

El ejercicio contribuye a preservar la masa muscular y la capacidad funcional, mantener la salud ósea, controlar la composición corporal y reducir el riesgo cardiometabólico. El entrenamiento de fuerza adquiere aquí una importancia extraordinaria, especialmente para combatir la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular asociada al envejecimiento.

No se trata únicamente de vivir más años. Se trata de llegar a edades avanzadas conservando autonomía, fuerza, equilibrio y calidad de vida.

De “el deporte no es para mujeres” a “¿qué ejercicio necesita cada mujer?”

Tal vez esta sea una de las grandes transformaciones que hemos vivido durante las últimas décadas. La pregunta ya no debería ser si una mujer puede correr una maratón, levantar pesas, entrenar durante el embarazo, hacer ejercicio después del parto o continuar practicando deporte durante la menopausia.

La pregunta correcta es: ¿Qué tipo de ejercicio necesita esta mujer, en este momento concreto de su vida, y cómo debemos prescribirlo para obtener el máximo beneficio para su salud y su rendimiento?

Durante décadas se dijo a las mujeres qué deportes podían practicar, cuánto podían entrenar y qué límites no debían superar. La investigación científica ha ido derribando muchas de aquellas barreras. Pero el problema es que todavía queda mucho por investigar. Durante demasiado tiempo, numerosos estudios de fisiología del ejercicio se realizaron predominantemente en hombres y sus resultados se extrapolaron posteriormente a las mujeres.

El siguiente gran paso no consiste únicamente en conseguir que haya más mujeres haciendo deporte, sino conseguir que exista más investigación realizada específicamente en mujeres, teniendo en cuenta el ciclo menstrual, la disponibilidad energética, el embarazo, el posparto, la menopausia y las particularidades fisiológicas de cada etapa de la vida.

Esto significa que las diferencias biológicas reales se estudien con rigor científico y que nunca vuelvan a utilizarse los prejuicios, los mitos o la ausencia de evidencia como argumentos para limitar las posibilidades deportivas de las mujeres.

Estudiar y comprender las particularidades fisiológicas de la mujer en cada etapa de la vida —desde el manejo del déficit energético relativo (RED-S) hasta la prescripción de ejercicio en el embarazo, el posparto y la menopausia— se ha convertido en una competencia indispensable para garantizar la salud y optimizar el rendimiento de las deportistas.

Si deseas especializarte en la valoración funcional avanzada, la nutrición clínica y la prescripción de ejercicio de precisión con el respaldo de la máxima evidencia científica, descubre el programa académico del Máster en Actualización en Medicina Deportiva y Ciencias del Deporte de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Artículo escrito por: Profa. Dra. Pilar Martín Escudero, Directora del Máster en Actualización en Medicina Deportiva y Ciencias del Deporte (UCM) y  Especialista en Medicina de la Educación Física y el Deporte.